sábado, 12 de septiembre de 2009

una tercera puerta

 

 

Ya muy entrada la noche, cuando la luna peina sus canas, débiles penumbras caminan por las calles de la ciudad, arrastrando la oscuridad consigo, dejando detrás suyo una estela negra, mas profunda que la oscuridad que las rodea.

Siempre las vi, en mi insomnio, en mis locuras nocturnas que no me permiten dormir, desde la mediocre seguridad de mi habitación, las veo avanzar por la vereda, y yo en mi cobardía, no me dejo llevar por los deseos de seguirlas y ver a donde van, en donde yacen cuando el sol nace.

 

 

Mi cabeza me dolía enormemente, gritaban mis pensamientos, crujía mi cuerpo al despertarse luego del perturbador sueño de una borrachera. Alrededor las sombras reinaban y en lo alto las estrellas no eran lo suficientemente valientes como para asomarse y observar la ciudad.

 

Me levanto tambaleándome, acomodándome mi gastada ropa, trato de reconocer en donde estoy, es un parque, árboles siniestros se extienden uno al lado del otro delante mió, veo el banco de plaza que hasta recién funciono como una cama, y con el paso indeciso, camino hacia la salida, para tratar de encontrar el camino hacia mi casa.

Los ecos de mis pasos se multiplicaban en cada una de las parece y callejones, pasos de una multitud, cientos de personas dentro de una sola. Un gato callejero me mira con sus brillantes ojos, adivinando mis pensamientos, descubriendo mis debilidades, a lo lejos un perro aullaba, la ciudad estaba muerta.

 

De pronto, veo doblar en una esquina dos figuras penumbrosas, como profundos agujeros, rodeadas de sombras y misterios, caminaban lentamente por la vereda del frente, confundiéndose con el entorno, ajenas a todo, pero tan presentes, tan presentes en este mundo.

 

No se que siniestra valentía, producto de una mente que aun no se a recuperado, me impulso a seguir las sombras, y tratando de que no me vieran, paso a paso anduve su camino, sin saber donde terminaría. Detrás mió, el gato seguía mirándome.

Camine y camine, siempre dos metros detrás de ellas, sin alejarme para no perderlas de vista, pero tampoco acercándome demasiado, para que adviertan mi presencia. Las seguí por oscuros callejones, en donde sucias alimañas huyen cuando ellas se acercaban, las seguí por lugares que no conocía, pequeñas calles de empedrado, onduladas como serpientes, a merced de indiscretos ojos que se entreveían detrás de las cortinas de las amenazantes casas a nuestro alrededor.

 

Ya estaba a punto de abandonar mi seguimiento, cuando veo como las sombras, entran a través de una maciza puerta de madera, a un imponente y desgastado edificio, de paredes grises, echas con enormes rocas rectangulares, coronado en su sima, con gárgolas de rostro angelical.

 

Tal es el miedo que ese edificio me infundió, que estuve varios minutos queriendo entrar, pero sin animarme, aforrándome al enorme pomo de bronce, para soltarlo rápidamente. Venciendo mis miedos, abro la puerta y esperando encontrar el infierno, ingreso al edificio. Delante mió, se extendía un enorme, enorme pasillo, totalmente iluminado, con cientos de puertas a ambos lados, con lujosas lámparas de oro y plata colgando del techo, una alfombra roja totalmente inmaculada que abarcaba todo el suelo, paredes de madera, totalmente labradas con bajo relieves, que engañaban a la vista, por momentos mostraban la batalla entre el cielo y el infierno, dentro del alma de un poeta, para luego cambiar y contar la historia de la creación misma.

 

Camino, ya mas tranquilamente, sin decidirme a que puerta entrar, ninguna tiene alguna inscripción que me diera el mas mínimo indicio, tampoco tienen manija, solo son rectángulos de madera, con diseños estrafalarios e inquietantes.

Me acerco a una puerta, y apoyo una oreja, tratando de escuchar, pero no oigo nada, solo silencio, un silencio antinatural, hasta que un grito, millares de gritos, se desatan a la vez, atravesando la puerta y mi cuerpo, lacerando mi alma, y grito, pero no se escucha, todos esos alaridos infames no permiten la existencia de otro sonido o pensamiento, y luego el silencio, otra vez el silencio innatural.

 

Corro y corro, confundido trato de encontrar la salida, pero me dirijo hacia el final del pasillo, hacia la ultima habitación, cuya puerta era la mas grande de todas, y cuyos grabados eran los mas inquietantes de todos, cambiaban, se transformaban y devoraban constantemente, dándose vida y muerte a si misma, sin in sentido aparente, como si el único objetivo era mostrar al ocasional observador, una pequeña pizca del Caos.

 

Pero otra diferencia que esta puerta, quizás la mas importante, era el letrero de piedra que había arriba de ella. Escrito en caracteres indefinibles, letras que nunca había visto, pero que sin explicación alguna entendía, el letrero rezaba “sala de apuestas”

Detrás de la misteriosa puerta, una extensa habitación se encontraba, totalmente abarrotada de innumerables objetos, que ni el sueño mas delirante de un coleccionista puedo imaginar, armaduras antiquísimas, libros gigantescos, papiros, mapas, tapices, extraños artilugios mecánicos que se movían en una danza desigual, y cientos de mas objetos sin clasificación alguna, que estancados en el tiempo, tenían como único objetivo el de permanecer en el lugar.

 

Pero detrás de todo esto, sentados en dos sillones rojos, al lado de un hogar, de crepitante llama, las dos sombras hablaban entre risas, pero ya no eran dos sombras, se habitan transformado completamente.

Una, llevaba puesto un impecable traje negro, de tela que reflejaba la luz del fuego, como si fuera un cristal, Su tez era pálida, y sus ojos eran profundos y negros, y en su sonrisa, la esencia misma de un demonio se daba a conocer.

La otra en cambio, llevaba lo que parecía ser una larga túnica blanca y brillante, que se ondeaba como si una leve brisa naciera ahí mismo. Sus pelos eran largos y blancos, sus ojos eran grises y en su sonrisa parecía haber una pizca burlona, de quien no tiene nada que apostar y sin embargo lo apuesta todo. En sus manos, llevaba un enorme libro negro de hojas rojas.

 

Sus voces me llegaban claramente

 

“En verdad, no creí que fuera a ganar esta vez” dijo el Demonio “pero tienes que reconocer que fui astuto y persistente…”

 

”Si, es verdad” dijo el ángel riéndose “tal fue tu astucia, que ese pobre hombre no solo mato a toda su familia, sino que luego se suicido, en verdad a veces me das miedo.”

 

“Jajaja, no te hagas el honesto conmigo, vos también sos capas de hacer cualquier cosa con tal de ganar una apuesta. ¿Recuerdas ese accidente que provocaste tan solo para que una persona no se matara?, ¿acaso eso no es jugar sucio?”

 

“Bahh, según vos, todo lo que hago es sucio” dijo el ángel abriendo el libro que tenia en sus manos “yo solo se que estoy de humor para otra apuesta, alguna sencilla, que dices a eso viejo amigo”

 

“si en verdad, yo también tengo ánimos para otra apuesta, antes de tener que volver. Fíjate en el libro, algo sencillo, como un suicidio o una violación.”

 

“Pues justo acá hay uno, es un suicidio que sucederá en una hora, ¿Cuántas almas quieres apostar?”

 

“Me siento de suerte, hoy fue una gran noche, así que apostare 10.000 almas. Espero que te quede alguna después de las que perdiste…”

 

“10.000 almas me parece perfecto, no te preocupes…”

 

No termino de escuchar la conversación, mi asco y mi odio son más poderosos. Corro rápidamente hacia la calle, maldiciendo este insulto del destino, esta vida de títeres en la que estamos presos, en la que solo somos fichas de un casino cósmico, en donde la casa siempre gana. Llego sin saber como, a mi habitación, exhausto, respirando a grandes inhalaciones y exhalaciones, loco y demente por el horrible descubrimiento que tuve delante de mis ojos, la tan horrible verdad, que ningún mortal puede siquiera pensar en manejar.

Con una bala me basta, el frió metal es la escapatoria al sufrimiento que atormenta mi alma, coloco la punta del revolver en mi sien, y preso del terror, escucha una débil voz que me dice…

 

“no lo hagas, no te mates…”

 

Luego otra, que la contradice

 

“hazlo, mátate, luego de la muerte te espera la gloria…”

 

Son el ángel y el demonio, que apuestan jugando conmigo, usando mi vida como carta. Y sin saber a quien escuchar, maldigo la suerte que tengo, de no poder hallar una tercera opción, una tercera puerta, que haga que ninguno de los dos gane.

 

 

 

 

el rey de los desterrados

6 comentarios:

  1. me ha gustado mucho, las puertas de la mansion, las sombras que atraviesan la noche.... muy buen relato.

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  2. Siempre vemos el negro o el blanco ...pero aveces queremos un gris que nadie te tiende ..

    felicidaes rey siempre un agrado leerte... siempre un agrado deleitarse con su arte .

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  3. Majestad, como siempre sus obras me dejan en espera de leer más y más, me gustaría saber en que término todo, pero en esta vida nunca hay terceras opciones, ni segundas oportunidades, permitame felicitarle y pedirle que no pare de escribir.
    Un saludo y Buenas Lunas.

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  4. Juju muy bueno , me gusto jujuju los extremos siempre son malos
    Beshitos

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  5. Siempre tenemos una nueva oportunidad
    Solo debemos tomarla y cerrar los oídos a agoreros
    Guiarnos por la voz del corazón es la única opción para bailar nuestro ritmo y no el de los demás

    Excelente escrito aunque no estes conforme jejeje
    Un beso amor

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