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lunes, 7 de noviembre de 2011

Geralt De Rivia La Dama del Lago (vol 1 y vol 2 )



La saga de Geralt de Rivia llega a su final a partir de los relatos de algunos personajes surgidos a lo largo de los libros anteriores, que van recordando el pasado. Se evocarán los últimos coletazos y el desenlace de la guerra entre el Imperio Nilfgaardiano y los reinos del norte, así como el papel que pretende jugar la nueva logia de hechiceras en la postguerra; también se dan a conocer los destinos de Yennefer, cautiva en el Castillo de Stygga bajo custodia de Vilgefortz, desesperado por conocer el paradero de Ciri y de Geralt de Rivia, así como de todos los personajes que acompañan al brujo; asimismo, se descubrirá el destino final de Ciri, sobre el que los elfos habían profetizado y motivo por el que retienen en su mundo a la joven más allá de la Puerta de la Golondrina, pese a los deseos de ésta de evitar que se cumplan los malos augurios que recaen sobre sus más estimados amigos.




sábado, 5 de noviembre de 2011

Geralt De Rivia La Torre de la golondrina

 En La Torre de la golondrina de Sapkowski,  el protagonismo del brujo se va diluyendo conforme avanza la saga para dejar paso a la verdadera protagonista de la serie, la joven Ciri de Cintra, pieza central de todo lo que pasa en el mundo que la rodea. Esto se hace aun más evidente en esta entrega en la que Geralt aparece solo un par de capítulos en los que continua su marcha en busca de Ciri en compañía de Jaskier y el grupo que se reunión en la anterior entrega de la serie.
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.

Geralt de Rivia Bautismo de fuego

                                                         
En esta ocasión la trama se aleja un poco de lo apuntado a lo largo de la saga, para centrarse en los horrores de la guerra que se ha desatado en el mundo de Geralt, lo que da lugara una obra más oscura y dura, aunque no por eso se pierden momentos verdaderamente hilarantes. En esta entrega el peso de la narración vuelve a caer en los hombros de Geralt, que recupera el protagonismo cedido a Ciri de Cintra en la anterior entrega, que recorre la zona fronteriza entre el imperio del sur y los reinos del norte en busca de Ciri a la que supone prisionera del emperador, ignorante de que esta se ha unido a un griupo de ladrones vagabundos.
En su recorrido Geralt se ve acompañado y ayudado por un variopinto grupo compuesto de personajes ya conocidos junto con otros nuevos que suponen la principal sorpresa de este libro. Pues entre los compañeros del brujo destacan Milva, una exploradora humana pero con muy buenas relaciones con los elfos, que se convierte en el contrapunto femenino de Geralt dentro del grupo, y sin desmerecer a su lado a lo que la lucha se refiere. La otra sorpresa viene dada de la mano de Regis, un personaje ambiguo con el que Geralt mantiene una relación ambivalente que da muy buen juego a la obra. Completan el grupo unos enanos y gnomo acompañados de un loro genial que proporcionan los momentos mas divertidos de la novela.                          

viernes, 4 de noviembre de 2011

Gerar de Rivia El tiempo del odio

Podemos dividir Tiempo de Odio en dos partes: el antes y el después de la catástrofe, de una suerte de `golpe de estado` producido entre los magos. Hasta entonces las cosas se mantienen relativamente en orden (todo el orden que podemos pedirle a un mundo corrupto, peligroso, permanentemente sumergido en la guerra entre reyes y señores feudales de toda calaña). Incluso hay tiempo para el reencuentro entre Geralt, el Mago, y Yennefer, la hechicera. Y claro, cuándo no, es entonces cuando el mundo se viene abajo.

Mientras tanto, Ciri, heredera al trono de Cintra, cuya cabeza tiene precio y quien está sufriendo toda clase de penurias entre su entrada a la adolescencia, sus sueños proféticos, sus pesadillas, va tomando un protagonismo cada vez más fuerte: Pues es claro que de su suerte depende el destino de este mundo. No obstante, aunque éste es el cuarto tomo de una saga de siete y se presenta como a perfecta bisagra entre lo acontecido y el porvenir, nada es previsible: Sapkowski pega golpes de timón que nos mantienen prendidos al libro permanentemente.

Geral de Rivia : La Sangre de los elfos

 La sangre de los elfos comienza con la destrucción del reino de Cintra y presenta la historia de Ciri: la pequeña princesa de este reino desvastado, despojada de su familia y de su reino. Ciri corre riesgo de muerte, no sólo porque es el último representante vivo de la corona de Cintra, sino también por los poderes síquicos que están despertando en ella. Geralt la encuentra y la pone a su cuidado y el de su entorno de confianza. Pero hay alguien que persigue a Ciri y a Geralt a sol y sombra, que causará problemas e incluso dolor a gente allegada a Geralt. Toda la novela gira en torno a la vida de Ciri —el fin de su niñez y la entrada a una adolescencia difícil—, y a una profecía que parece referirse a la niña, una profecía en la que Geralt cree firmemente.                                                                   

Geral de Rivia La espada del Destino

Al brujo Geralt de Rivia se  le plantearan ciertas dudas sobre el destino y el papel que éste tiene dentro de su complicada existencia. Junto con Jaskier, el juglar trotamundos y uno de sus pocos amigos, vivirá aventuras varias y otras peripecias. La entrada en escena de la pequeña Ciri, princesa de Cintra, nieta de la reina Calanthe e hija de Pavetta y Duny, a los que conocimos en El último deseo, le complicará aún más las cosas y hará que intente luchar contra lo imposible.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Geralt de Rivia el ultimo deseo

Geralt de Rivia, brujo y mutante sobrehumano, se gana la vida como cazador de monstruos en una tierra de magia y maravilla: con sus dos espadas al hombro -la de acero para hombres, y la de plata para bestias- da cuenta de estriges, manticoras, grifos, vampiros, quimeras y lobisomes, pero sólo cuando amenazan la paz. Irónico, cínico, descreído y siempre errante, sus pasos le llevan de pueblo en pueblo ofreciendo sus servicios, hallando las más de las veces que los auténticos monstruos se esconden bajo rostros humanos. En su camino sorteará intrigas, elegirá el mal menor, debatirá cuestiones de precio, hollará el confín del mundo y realizará su último deseo

viernes, 20 de agosto de 2010

El Infierno Artificial - Horacio Quiroga


Las noches en que hay luna, el sepulturero avanza por entre las tumbas con paso singularmente rígido. Va desnudo hasta la cintura y lleva un gran sombrero de paja. Su sonrisa, fija, da la sensación de estar pegada con cola a la cara. Si fuera descalzo, se notaría que camina con los pulgares del pie doblados hacia abajo.

No tiene esto nada de extraño, porque el sepulturero abusa del cloroformo. Incidencias del oficio lo han llevado a probar el anestésico, y cuando el cloroformo muerde en un hombre, difícilmente suelta. Nuestro conocido espera la noche para destapar su frasco, y como su sensatez es grande, escoge el cementerio para inviolable teatro de sus borracheras.

El cloroformo dilata el pecho a la primera inspiración; la segunda, inunda la boca de saliva; las extremidades hormiguean, a la tercera; a la cuarta, los labios, a la par de las ideas, se hinchan, y luego pasan cosas singulares.

Es así como la fantasía de su paso ha llevado al sepulturero hasta una tumba abierta en que esa tarde ha habido remoción de huesos -inconclusa por falta de tiempo. Un ataúd ha quedado abierto tras la verja, y a su lado, sobre la arena, el esqueleto del hombre que estuvo encerrado en él.

...¿Ha oído algo, en verdad? Nuestro conocido descorre el cerrojo, entra, y luego de girar suspenso alrededor del hombre de hueso, se arrodilla y junta sus ojos a las órbitas de la calavera.

Allí, en el fondo, un poco más arriba de la base del cráneo, sostenido como en un pretil en una rugosidad del occipital, está acurrucado un hombrecillo tiritante, amarillo, el rostro cruzado de arrugas. Tiene la boca amoratada, los ojos profundamente hundidos, y la mirada enloquecida de ansia.

Es todo cuanto queda de un cocainómano.

-¡Cocaína! ¡Por favor, un poco de cocaína!

El sepulturero, sereno, sabe bien que él mismo llegaría a disolver con la saliva el vidrio de su frasco, para alcanzar el cloroformo prohibido. Es, pues, su deber ayudar al hombrecillo tiritante.

Sale y vuelve con la jeringuilla llena, que el botiquín del cementerio le ha proporcionado. ¿Pero cómo, al hombrecillo diminuto?...

-¡Por las fisuras craneanas!... ¡Pronto!

¡Cierto! ¿Cómo no se le había ocurrido a él? Y el sepulturero, de rodillas, inyecta en las fisuras el contenido entero de la jeringuilla, que filtra y desaparece entre las grietas.

Pero seguramente algo ha llegado hasta la fisura a que el hombrecillo se adhiere desesperadamente. Después de ocho años de abstinencia, ¿qué molécula de cocaína no enciende un delirio de fuerza, juventud, belleza?

El sepulturero fijó sus ojos a la órbita de la calavera, y no reconoció al hombrecillo moribundo. En el cutis, firme y terso, no había el menor rastro de arruga. Los labios, rojos y vitales, se entremordían con perezosa voluptuosidad que no tendría explicación viril, si los hipnóticos no fueran casi todos femeninos; y los ojos, sobre todo, antes vidriosos y apagados, brillaban ahora con tal pasión que el sepulturero tuvo un impulso de envidiosa sorpresa.

-Y eso, así... ¿la cocaína? -murmuró.

La voz de adentro sonó con inefable encanto.

-¡Ah! ¡Preciso es saber lo que son ocho años de agonía! ¡Ocho años, desesperado, helado, prendido a la eternidad por la sola esperanza de una gota!... Sí, es por la cocaína... ¿Y usted? Yo conozco ese olor... ¿cloroformo?

-Sí -repuso el sepulturero avergonzado de la mezquindad de su paraíso artificial. Y agregó en voz baja:- El cloroformo también... Me mataría antes que dejarlo.

La voz sonó un poco burlona.

-¡Matarse! Y concluiría seguramente; sería lo que cualquiera de esos vecinos míos... Se pudriría en tres horas, usted y sus deseos.

-Es cierto; -pensó el sepulturero- acabarían conmigo.

Pero el otro no se había rendido. Ardía aún después de ocho años aquella pasión que había resistido a la falta misma del vaso de deleite; que ultrapasaba la muerte capital del organismo que la creó, la sostuvo, y no fue capaz de aniquilarla consigo; que sobrevivía monstruosamente de sí misma, transmutando el ansia causal en supremo goce final, manteniéndose ante la eternidad en una rugosidad del viejo cráneo.

La voz cálida y arrastrada de voluptuosidad sonaba aún burlona.

-Usted se mataría... ¡Linda cosa! Yo también me maté... ¡Ah, le interesa! ¿verdad? Pero somos de distinta pasta... Sin embargo, traiga su cloroformo, respire un poco más y óigame. Apreciará entonces lo que va de su droga a la cocaína. Vaya.

El sepulturero volvió, y echándose de pecho en el suelo, apoyado en los codos y el frasco bajo las narices, esperó.

-¡Su cloro! No es mucho, que digamos. Y aún morfina... ¿Usted conoce el amor por los perfumes? ¿No? ¿Y el Jicky de Guerlain? Oiga, entonces. A los treinta años me casé, y tuve tres hijos. Con fortuna, una mujer adorable y tres criaturas sanas, era perfectamente feliz. Sin embargo, nuestra casa era demasiado grande para nosotros. Usted ha visto. Usted no... en fin... ha visto que las salas lujosamente puestas parecen más solitarias e inútiles. Sobre todo solitarias. Todo nuestro palacio vivía así en silencio su estéril y fúnebre lujo.

Un día, en menos de diez y ocho horas, nuestro hijo mayor nos dejó por seguir tras la difteria. A la tarde siguiente el segundo se fue con su hermano, y mi mujer se echó desesperada sobre lo único que nos quedaba: nuestra hija de cuatro meses. ¿Qué nos importaba la difteria, el contagio y todo lo demás? A pesar de la orden del médico, la madre dio de mamar a la criatura, y al rato la pequeña se retorcía convulsa, para morir ocho horas después, envenenada por la leche de la madre.

Sume usted: 18, 24, 9. En 51 horas, poco más de dos días, nuestra casa quedó perfectamente silenciosa, pues no había nada que hacer. Mi mujer estaba en su cuarto, y yo me paseaba al lado. Fuera de eso nada, ni un ruido. Y dos días antes teníamos tres hijos...


Bueno. Mi mujer pasó cuatro días arañando la sábana, con un ataque cerebral, y yo acudí a la morfina.

-Deje eso -me dijo el médico- no es para usted.

-¿Qué, entonces? -le respondí. Y señalé el fúnebre lujo de mi casa que continuaba encendiendo lentamente catástrofes, como rubíes.

El hombre se compadeció.

-Prueba sulfonal, cualquier cosa... Pero sus nervios no darán.

Sulfonal, brional, estramonio...¡bah! ¡Ah, la cocaína! Cuánto de infinito va de la dicha desparramada en cenizas al pie de cada cama vacía, al radiante rescate de esa misma felicidad quemada, cabe en una sola gota de cocaína! Asombro de haber sufrido un dolor inmenso, momentos antes; súbita y llana confianza en la vida, ahora; instantáneo rebrote de ilusiones que acercan el porvenir a diez centímetros del alma abierta, todo esto se precipita en las venas por entre la aguja de platino. ¡Y su cloroformo!... Mi mujer murió. Durante dos años gasté en cocaína muchísimo más de lo que usted puede imaginarse. ¿Sabe usted algo de tolerancias? Cinco centigramos de morfina acaban fatalmente con un individuo robusto. Quincey llegó a tomar durante quince años dos gramos por día; vale decir, cuarenta veces más que la dosis mortal.

Pero eso se paga. En mí, la verdad de las cosas lúgubres, contenida, emborrachada día tras día, comenzó a vengarse, y ya no tuve más nervios retorcidos que echar por delante a las horribles alucinaciones que me asediaban. Hice entonces esfuerzos inauditos para arrojar fuera el demonio, sin resultado. Por tres veces resistí un mes a la cocaína, un mes entero. Y caía otra vez. Y usted no sabe, pero sabrá un día, qué sufrimiento, qué angustia, qué sudor de agonía se siente cuando se pretende suprimir un solo día la droga!

Al fin, envenenado hasta lo más íntimo de mi ser, preñado de torturas y fantasmas, convertido en un tembloroso despojo humano; sin sangre, sin vida-miseria a que la cocaína prestaba diez veces por día radiante disfraz, para hundirme en seguida en un estupor cada vez más hondo, al fin un resto de dignidad me lanzó a un sanatorio, me entregué atado de pies y manos para la curación.

Allí, bajo el imperio de una voluntad ajena, vigilado constantemente para que no pudiera procurarme el veneno, llegaría forzosamente a descocainizarme.

¿Sabe usted lo que pasó? Que yo, conjuntamente con el heroísmo para entregarme a la tortura, llevaba bien escondido en el bolsillo un frasquito con cocaína... Ahora calcule usted lo que es pasión.

Durante un año entero, después de ese fracaso, proseguí inyectándome. Un largo viaje emprendido diome no sé qué misteriosas fuerzas de reacción, y me enamoré entonces.

La voz calló. El sepulturero, que escuchaba con la babeante sonrisa fija siempre en su cara, acercó su ojo y creyó notar un velo ligeramente opaco y vidrioso en los de su interlocutor. El cutis, a su vez, se resquebrajaba visiblemente.

-Sí -prosiguió la voz- es el principio... Concluiré de una vez. A usted, un colega, le debo toda esta historia.

Los padres hicieron cuanto es posible para resistir: ¡un morfinómano, o cosa así! Para la fatalidad mía, de ella, de todos, había puesto en mi camino a una supernerviosa. ¡Oh, admirablemente bella! No tenía sino diez y ocho años. El lujo era para ella lo que el cristal tallado para una esencia: su envase natural.

La primera vez que, habiéndome yo olvidado de darme una nueva inyección antes de entrar, me vio decaer bruscamente en su presencia, idiotizarme, arrugarme, fijó en mí sus ojos inmensamente grandes, bellos y espantados. ¡Curiosamente espantados! Me vio, pálida y sin moverse, darme la inyección. No cesó un instante en el resto de la noche de mirarme. Y tras aquellos ojos dilatados que me habían visto así, yo veía a mi vez la tara neurótica, al tío internado, y a su hermano menor epiléptico...

Al día siguiente la hallé respirando Jicky, su perfume favorito; había leído en veinticuatro horas cuanto es posible sobre hipnóticos.

Ahora bien: basta que dos personas sorban los deleites de la vida de un modo anormal, para que se comprendan tanto más íntimamente, cuanto más extraña es la obtención del goce. Se unirán en seguida, excluyendo toda otra pasión, para aislarse en la dicha alucinada de un paraíso artificial.

En veinte días, aquel encanto de cuerpo, belleza, juventud y elegancia, quedó suspenso del aliento embriagador de los perfumes. Comenzó a vivir, como yo con la cocaína, en el cielo delirante de su Jicky.

Al fin nos pareció peligroso el mutuo sonambulismo en su casa, por fugaz que fuera, y decidimos crear nuestro paraíso. Ninguno mejor que mi propia casa, de la que nada había tocado, y a la que no había vuelto más. Se llevaron anchos y bajos divanes a la sala; y allí, en el mismo silencio y la misma suntuosidad fúnebre que había incubado la muerte de mis hijos; en la profunda quietud de la sala, con lámpara encendida a la una de la tarde; bajo la atmósfera pesada de perfumes, vivimos horas y horas nuestro fraternal y taciturno idilio, yo tendido inmóvil con los ojos abiertos, pálido como la muerte; ella echada sobre el diván, manteniendo bajo las narices, con su mano helada, el frasco de Jicky.

Porque no había en nosotros el menor rastro de deseo -¡y cuán hermosa estaba con sus profundas ojeras, su peinado descompuesto, y, el ardiente lujo de su falda inmaculada!

Durante tres meses consecutivos raras veces faltó, sin llegar yo jamás a explicarme qué combinaciones de visitas, casamientos y garden party debió hacer para no ser sospechada. En aquellas raras ocasiones llegaba al día siguiente ansiosa, entraba sin mirarme, tiraba su sombrero con un ademán brusco, para tenderse en seguida, la cabeza echada atrás y los ojos entornados, al sonambulismo de su Jicky.

Abrevio: una tarde, y por una de esas reacciones inexplicables con que los organismos envenenados lanzan en explosión sus reservas de defensa -los morfinómanos las conocen bien!- sentí todo el profundo goce que había, no en mi cocaína, sino en aquel cuerpo de diez y ocho años, admirablemente hecho para ser deseado. Esa tarde, como nunca, su belleza surgía pálida y sensual, de la suntuosa quietud de la sala iluminada. Tan brusca fue la sacudida, que me hallé sentado en el diván, mirándola. ¡Diez y ocho años... y con esa hermosura!

Ella me vio llegar sin hacer un movimiento, y al inclinarme me miró con fría extrañeza.

-Sí... -murmuré.

-No, no... -repuso ella con la voz blanca, esquivando la boca en pesados movimiento de su cabellera.

Al fin, al fin echó la cabeza atrás y cedió cerrando los ojos.

¡Ah! ¡Para qué haber resucitado un instante, si mi potencia viril, si mi orgullo de varón no revivía más! ¡Estaba muerto para siempre, ahogado, disuelto en el mar de cocaína! Caí a su lado, sentado en el suelo, y hundí la cabeza entre sus faldas, permaneciendo así una hora entera en hondo silencio, mientras ella, muy pálida, se mantenía también inmóvil, los ojos abiertos fijos en el techo.

Pero ese fustazo de reacción que había encendido un efímero relámpago de ruina sensorial, traía también a flor de conciencia cuanto de honor masculino y vergüenza viril agonizaba en mí. El fracaso de un día en el sanatorio, y el diario ante mi propia dignidad, no eran nada en comparación del de ese momento, ¿comprende usted? ¡Para qué vivir, si el infierno artificial en que me había precipitado y del que no podía salir, era incapaz de absorberme del todo! ¡Y me había soltado un instante, para hundirme en ese final!

Me levanté y fui adentro, a las piezas bien conocidas, donde aún estaba mi revólver. Cuando volví, ella tenía los párpados cerrados.

-Matémonos -le dije.

Entreabrió los ojos, y durante un minuto no apartó la mirada de mí. Su frente límpida volvió a tener el mismo movimiento de cansado éxtasis:

-Matémonos -murmuró.

Recorrió en seguida con la vista el fúnebre lujo de la sala, en que la lámpara ardía con alta luz, y contrajo ligeramente el ceño.

-Aquí no -agregó.

Salimos juntos, pesados aún de alucinación, y atravesamos la casa resonante, pieza tras pieza. Al fin ella se apoyó contra una puerta y cerró los ojos. Cayó a lo largo de la pared. Volví el arma contra mí mismo, y me maté a mi vez.

Entonces, cuando a la explosión mi mandíbula se descolgó bruscamente, y sentí un inmenso hormigueo en la cabeza; cuando el corazón tuvo dos o tres sobresaltos, y se detuvo paralizado; cuando en mi cerebro y en mis nervios y en mi sangre no hubo la más remota probabilidad de que la vida volviera a ellos, sentí que mi deuda con la cocaína estaba cumplida. ¡Me había matado, pero yo la había muerto a mi vez!

¡Y me equivoqué! Porque un instante después pude ver, entrando vacilantes y de la mano, por la puerta de la sala, a nuestros cuerpos muertos, que volvían obstinados...

La voz se quebró de golpe.

-¡Cocaína, por favor! ¡Un poco de cocaína!

sábado, 3 de julio de 2010

Mitologia Mesopotamica



Los más antiguos relatos míticos de la humanidad que conocemos surgieron en Mesopotamia. Tienen forma de poemas en los que los protagonistas son dioses y también mortales que buscan algún tipo de gloria como la máxima sabiduría o la inmortalidad. En ellos se nos cuenta cómo se creó el universo, cómo fue creado el ser humano, los castigos a los que fue sometida la humanidad por molestar o no obedecer a los dioses y las luchas que mantuvieron los propios dioses entre sí. Estas historias servían para explicar el mundo, su origen y la organización de la sociedad.


El Poema de Gilgamesh, uno de los relatos más destacados, cuenta las experiencias de este joven rey de la ciudad de Uruk. Era el hijo de una diosa y un mortal y fue en busca de la inmortalidad. En esta búsqueda, Gilgamesh habló con muchos dioses y la diosa Ishtar se enamoró de él, por lo que conoció secretos ocultos hasta entonces para los mortales. Se convirtió en el ideal de héroe para todos los mesopotámicos y el primer héroe con nombre de la literatura mundial.


Espero amor que lo que encuentres interesante es un documento muy cortito que se lee bien y que no profundiza demasiado .

Un besito Alex espero te sea de ayuda .

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jueves, 20 de mayo de 2010

Eduardo Galeano El Libro de los abrazos .


Si estáis de acuerdo aremos una Librería virtual  y asi podremos compartir algo tan valioso como un libro con sus emociones y enseñanzas .

El primer libro me lo recomendó ayer mi mejor amigo y aun que solo e leído unos capítulos me quedo con esto .

El mundo

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.

No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Sobre el autor :

Galeano nació en Montevideo, Uruguay, en el seno de una familia descendiente de europeos, de clase media y católica. En su juventud trabajó como obrero de fábrica, pintor, mensajero, mecanógrafo, entre otros oficios. A los 14 años vendió su primer caricatura política a un semanario "El Sol" del Partido Socialista. Comenzó su carrera de periodista a inicios de los 60 como editor de "Marcha", un semanario influyente que tuvo como colaboradores a Mario Vargas Llosa, Mario Benedetti, Manuel Maldonado, Denis y Roberto Fernández Retamar. Editó durante dos años el diario "Época".

En el Golpe de Estado del 27 de junio de 1973, Galeano fue encarcelado y obligado a dejar Uruguay. Su libro Las venas abiertas de América Latina fue censurado por los gobiernos militares derechistas de Uruguay, Argentina y Chile. Se fue a vivir a Argentina donde fundó el magazine cultural "Crisis". En 1976, se casa por tercera vez, al tiempo que es añadido a la lista de los condenados del escuadrón de la muerte de Videla, quien tomaba poder ese año. Vuela a España, donde escribe su famosa trilogía: Memoria del fuego, en 1984.

A inicios de 1985, Galeano retorna a Montevideo. En 2004, Galeano apoya la victoria de la alianza Frente Amplio y de Tabaré Vázquez. Escribe un artículo en el que menciona que la gente votó finalmente utizando el sentido común. En 2005, Galeano, junto a intelectuales de izquierda como Tariq Ali y Adolfo Pérez Esquivel se unen al comité consultivo de la reciente cadena de televisión latinoamericana TeleSUR.

En enero de 2006, Galeano se unió a figuras internacionales como García Márquez, Mario Benedetti, Ernesto Sabato, Thiago de Mello, Carlos Monsiváis, Pablo Armando Fernández, Jorge Enrique Adoum,Luis Rafael Sánchez, Mayra Montero, Ana Lydia Vega y Pablo Milanés, en la demanda de soberanía de Puerto Rico. Además firmaron en la proclamación de independencia de Puerto Rico.

El febrero de 2007, Galeano supera una operación para el tratamiento del cáncer de pulmón. En Noviembre de 2008, Galeano dice sobre la victoria de Obama "La Casa Blanca será la casa de Obama pronto, pero esa Casa Blanca fue construida por esclavos negros. Y me gustaría y espero que él nunca lo olvide". En abril de 2009, el presidente venezolano Hugo Chávez entrega una copia de "Las Venas Abiertas de América Latina" al presidente estadounidense Barack Obama durante la 5a Cumbre de las Américas, celebrada en Puerto España, Trinidad y Tobago.

En mayo de 2009, en una entrevista declaró que "no sólo Estados Unidos, sino algunos países europeos han sembrado dictaduras por todo el mundo. Y se sienten como si estuvieran capaces de enseñar lo que es democracia".

Y bueno si as leido asta  tiene premio :

Celebración de las bodas de la razón y el corazón

¿Para qué escribe uno, si no es para juntar sus pedazos?. Desde que entramos

en la escuela o en la iglesia, la educación nos descuartiza: nos enseña

a divorciar el alma del cuerpo y la razón del corazón.

Sabios doctores de …tica y Moral han de ser los pescadores de la costa

colombiana, que inventaron la palabra sentipensante para definir al lenguaje

que dice la verdad.



Y llegando ya al final de este post solo me queda decir dos cosas gracias por tu respuesta si respondes y si hoy es un día de esos donde solo miras piensa que si todos miramos y no escribimos este lugar no existiría .